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Ensayo sobre mi ceguera

Alguna vez leí algo sobre un personaje cotidiano que usaba lentes, como yo. El sujeto en cuestión, columnista de alguna publicación que frecuento, hablaba sobre la imaginación que te devora al quitarte los lentes y no ver nada con claridad.

Yo creo que hasta cierto punto es verdad: no alcanzas a distinguir bien tus pies, tienes que pegarte a los escaparates para leer los carteles, y los rostros de la gente no son claros, bien pudieran ser monstruos que te sonríen y tú todavía les devuelves la sonrisa amablemente.

Cuando era niño quería usar gafas, me gustaba como enmarcaban mi cara. Irremediablemente, la tradición familiar dictaba que en algún momento se me desarrollaría la miopía o el astigmatismo. Luego resultó que tengo las dos, e incluso, uno de mis ojos tiene un caso extraño de hipermetropia, según me dijo mi primer optometrista. Por eso veo mejor del lado izquierdo que del derecho, por eso la mica derecha de mis lentes puede ser usada como lupa por los que si ven.

Así pues, con la alineación astral que me convertiría en cuatro ojos algún día, obtuve mi primer par de gafas a los 16, e ingresé a ese club sin membresía al que pertenecemos los miopes.

Dirán que no, pero hay complicidad cuando los armazones también se saludan junto con el choque de mejillas; alguien de gafas te sonríe cuando llueve y entras a un lugar con gotas en las micas o cuando sales del aire acondicionado y se te empañan los ojos.

Ojalá a todos los miembros de este club nos dieran puntos canjeables por cada calamidad que nos sucede. Que nos dieran 2x1 en el cine por cada vez que queremos ver las estrellas sin un marco alrededor; o un helado gratis por cada persona que no saludamos en la calle mientras limpiamos nuestras micas; o mínimo un vale de descuento en ropa por las veces que nos levantamos y no encontramos los malditos lentes y se vuelve una misión imposible encontrarlos sin traerlos puestos.

Pero no me importa no tener promociones, la verdad es que, al menos hasta ahora, no lo cambiaría. Todavía huyo de la cirugía. Todavía disfruto a veces, como decía el autor de aquella columna cuyo nombre no recuerdo, quitarme los lentes para que mi imaginación no se limite a tener que cerrar los párpados; y disfruto verme en el espejo y ver mis ojos en vitrina, lanzandome una mirada interesante -porque sí, usar lentes te da puntos en intelectualidad mientras no abras la boca-.

Todo esto viene a colación porque mis lentes se rompieron, los llevé a reparar y me los entregan hasta mañana. Tendré que sobrevivir más de 12 horas -descontando las horas de sueño-, viendo todo borroso. Además se me ocurrió ir entre semana, en un día muy activo. No sé si allá atrás, la chica que pasó a lado de mí me sonrió o ni me estaba viendo, ni siquiera vi si era linda; supe qué camión tomar porque había más gente esperando, y tengo que redactar con la cara pegada al monitor. Igual y mejor sí me opero los ojos apenas tenga el dinero… ¿o no?

Comentarios

  1. Miope y todo, me parece que ves con mucha más claridad que algunos que gozan de una visión 20/20.

    Atte: La que no ve bien de lejos.

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