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Tum, tum...

Eran sólo un punto en el universo. Menos de un píxel en la enorme fotografía de una galaxia de cuatro brazos en la que, se presume, hay vida inteligente. Pero estaban ahí, bajo todas esas estrellas que se alcanzan a ver desde la tercera roca incandescente a partir de la enana amarilla. Y no se preocupaban por todo ese universo que rodeaba con su manto la bóveda celeste sobre sus cabezas, sino que sólo existían dos formas, en un instante fotográfico. El universo no tiene manera de detenerse, aunque los tiempos sean relativos. Pero, relativamente, el tiempo se quedó estático. Y la realidad es que hacía frío, pero no tanto como para congelar el instante. Físicamente, es imposible que el tiempo se detuviera, sobre todo porque aún se escuchaba un sonido tenue pero constante dentro de sus cajas toráxicas. Tum, tum, tum, más acelerado que de costumbre. Tum, tum, no me sueltes. Tum, tum, tum, nunca te cases con un viajero en el tiempo. Tum, tum, perdóname por lo que voy a hacer, ...

Armajedón

El resplandor ilumina toda la ciudad y me saca del ensueño. Una bola de fuego cruza el firmamento, de un lado hacia el otro, dejando estela.            Crees que es el fin del mundo.             Apagas el motor y te sujetas del volante. No sé qué hacer ni decir, vuelvo a cerrar los ojos y veo tu voz. Quizá es una señal, como si la estrella fugaz quisiera que pida un deseo.            Yo no necesito pedir nada, ¿qué más quiero desear si ya te deseo?                       Como el cometa, una idea fugaz cruza mi firmamento.                                 ¿Y si te lo digo?...

Ensayo sobre mi ceguera

Alguna vez leí algo sobre un personaje cotidiano que usaba lentes, como yo. El sujeto en cuestión, columnista de alguna publicación que frecuento, hablaba sobre la imaginación que te devora al quitarte los lentes y no ver nada con claridad. Yo creo que hasta cierto punto es verdad: no alcanzas a distinguir bien tus pies, tienes que pegarte a los escaparates para leer los carteles, y los rostros de la gente no son claros, bien pudieran ser monstruos que te sonríen y tú todavía les devuelves la sonrisa amablemente. Cuando era niño quería usar gafas, me gustaba como enmarcaban mi cara. Irremediablemente, la tradición familiar dictaba que en algún momento se me desarrollaría la miopía o el astigmatismo. Luego resultó que tengo las dos, e incluso, uno de mis ojos tiene un caso extraño de hipermetropia, según me dijo mi primer optometrista. Por eso veo mejor del lado izquierdo que del derecho, por eso la mica derecha de mis lentes puede ser usada como lupa por los que si ven...

El fin del mundo

Cuando abordé el taxi tiré de loco al chofer, que me venía contando lo que había soñado. Dijo que un asteroide se impactaría con la Tierra, en una de las islas del Mar Caribe, y un enorme tsunami lo devoraría todo a su paso. Yo no le creí, pero al ver su preocupación decidí decirle que sí, que teníamos que advertirle a nuestra familia y a quienes pudiéramos. Continuó hablando sobre la energía, Dios y otras tantas tonterías. Yo miraba mi reloj con preocupación; en esta pequeña ciudad sólo tomas taxi cuando tienes prisa, pero ellos parecen no entenderlo. De pronto una luz se impactó con nosotros. De haber sabido que el asteroide caería hoy mismo, quizá le hubiera dejado comida a mi gato, o le hubiera dicho a mi hermana que la quiero. El asteroide no era mineral, eran fierros retorcidos que asfixiaban mi abdomen. Cuando abrí los ojos, mi cuerpo yacía deshecho junto a los cristales del parabrisas. El taxista tenía razón en algo: el fin siempre estuvo cerca.

19 pesos y algo que contar

Mi espíritu de clase media baja wannabe media alta pugnaba por que el presupuesto para mi desayuno oscilaría entre los 50 y 70 pesos y constaría de un sándwich integral de pollo y un jugo de naranja. Pero una decisión errónea al tomar el transporte –por estar en la pendeja digamos– me dejó en una zona más allá de la avenida López Portillo, que para muchos es la línea divisoria entre dos ciudades diferentes. Me bajé de la combi justo frente a un puesto de garnachas: “Empanadas y polcanes, $3.50” decía un letrero con tipografía irregular. Mis tripas me exigieron que me dejara de pendejadas y me obligaron a entrar al local, donde una señora que recibió mi dinero con una mano y con la otra surtió mi pedido, me dijo que eran 10.50 y que los refrescos costaban 8.50. La gente nota cuando te infiltras en su estilo de vida. Todos miraron al chico de zapatos de vestir y cartera de piel, que además preguntaba cuál era la salsa que no picaba y dónde carajos estaba el repollo. Sin embargo,...

Extraño

Todos los días suceden cosas extrañas en todo el mundo. Mientras escribo esto, en algún lugar hay alguien llorando mientras mira por la ventana. Cuando me detengo a pensar, hay una persona agonizando en un hospital de quinta, pero también un bebé llorando ante la sonrisa de sus padres. En el segundo que acaba de pasar, una mujer acaba de tener el orgasmo de su vida, y en el siguiente un niño va a meter gol en una cascarita de futbol llanero. En un punto del planeta hay una pareja viendo el atardecer agarrados de la mano. Alguien acaba de recibir un balazo. Un pobre diablo se acaba de cortar las venas hasta desangrarse. Hay un mundo de posibilidades, más de 7 mil millones de almas que en algún instante de sus vidas se imaginan que están en otro lado, que viven realidades alternas. Para cuando amanezca justo en mi posición geográfica tú seguirás aquí, y yo despertaré y te miraré a los ojos y quizás hasta me pierda en ellos. Todos los días suceden cosas extrañas en todo el mundo.

Vaivén

Cenizas. Fuego. Electricidad. Una mitad cercenada que busca la tuya. Esas perlas se asoman, las pupilas bailan. Tu, de mis labios a mis ojos y viceversa. Yo, de tus ojos a tus labios y viceversa. ¿Por qué no me besas y ya? Me miras, una gota cae. Mi pulgar la mata. El índice roza tu piel. Sigue ese vaivén de pupilas danzantes. ¿Por qué no me amas y ya? Los recuerdos galopan, tus labios en mí. Sensación que extraño, un roce de tí. Hablas sin sentido y lo hago yo también. ¿Por qué no me matas y ya? No sonríes, las perlas no salen. Fúndete en mí, ya no me sueltes. Alienta la hoguera y deja todo en llamas. ¿Por qué no vuelves y ya? Sigue ese vaivén de pupilas danzantes. Pupilas danzantes siguen en vaivén.